Sé que existió, que paseó flotando estos bosques endebles de la vida. Lo divisé entre una tribu de árboles y pude desdeñar sus ojos de estaño; su barba de tierra muy poblada y viva como el canto de las aves. Debajo suyo jugaba un riachuelo y las rocas aplaudían sus cabellos enredados como ramas; la luz se perdía entre el musgo asustado.
Sé que existió, que rosó mi hálito con sus ojos nacarados, sé que ha ocultado sus cuaderno en las calles de la Mar.