Martes 7 de abril de 2020
Mi vecino de vez en cuando coloca música cristiana a todo
volumen, yo un par de veces lo he retado con la música que me devuelve la voz.
A lo mejor el hombre espera que cuando acabe el aislamiento corramos a rogarle
que nos indique el camino de la salvación, mas en este momento los milagros
andan escasos, así que no le auguro futuro en su cruzada musical.
Los primos, cuando la tía sale, aprovechan y se echan su
porro, inundan mi cuarto de olor y entonces siento el sonido afónico de sus
toses. Un ukelele que los conecta con la pachamama pero nunca con el otro, son
los hijos de puta que abundan en el mundo, con anhelos de ser distintos, de estar
conectados con la tierra, andan por ahí, siendo indiferentes a sus propias
crisis.
Dos veces al día suena el teléfono que me conecta con la
familia de afuera, la que tienen un sueño de dos años, un sueñito pequeñito. Aún
no entiende de encierros y pandemias, tan solo se levanta a buscar juguetes y
soltar sonrisas. Espero poder mostrarle algunas músicas que la vida me ha
puesto en el camino, para que aprenda un poco de lo que es caminar torcido.
El vecino que se sentaba en la banca del frente a fumar
tabaco puro, ha tenido que dejar su ruido de humo. A eso de las nueve de la
noche entonaba una melodía pesada, invasiva, pensaba en lo aburrido de su casa
hasta para fumarse su tabaco. Ahora estará con dos cadáveres en su jardín y el
olor a pucho en toda la casa, viviendo feliz. Cosas buenas que deja la
cuarentena.
Mi cabeza hoy casi no ha sonado, entre limpieza de neveras y
tareas pendientes, ha dejado de desangrar los pensamientos. Se esfuerza en
sacar estas letras que golpean la hoja, tienen sed y no tengo un trago para
darles. Hay vino, cerveza, cachaza, pero no les gusta, quieren veneno, ese que
beben cuando los parques y las avenidas están llenas de gente, y entonces nos
reímos y les inventamos historias, poemas, sexo, anhelos, suicidios, llantos,
les inventamos una vida real.